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martes, 3 de septiembre de 2013

El último post pre vivo.


Esta foto la encontré hace meses, ya ni recuerdo cuándo. Pensé que era muy divertida, pues venía de la página de unos sectarios muy cool, que proponían viajes astrales a un lugar llamado como el fallecido padre de Tut, Ajenatón. 

Al grano, os voy a comentar algunas cosas diversas para los que no habéis podido hablar antes conmigo: para ser efectivos, los pactos podrán ser sellados con un testigo de cada parte o si se desean hacer en secreto y sin testigos, se puede añadir una marca, firma o sello del pj en el papel que refleje el acuerdo. Los pactos de estado, leyes nacionales o internacionales y cosas así de relevantes (por ejemplo, la decisión de quién se sentará en el trono) sólo se pueden firmar con el sello real, que en el momento del rev está en posesión del Chaty Ay y de Maienhor. Este último está custodiando el sello del futuro rey y cuando sea nombrado, deberá de entregarlo inmediatamente al nuevo faraón.
Cuando podáis, lo iréis entregando a algún máster, para que quede constancia de ello y ya no os podréis echar atrás de lo firmado, así que aconsejo calma antes de firmar por escrito.
En cambio, el apoyo al rey puede ir cambiando antes de cada reunión del Consejo real. Notificaréis a quién apoyáis al astrónomo real, Herysepdet, que os irá anotando en una lista. Aquellos con menos apoyos, irán siendo descartados. Os defenderá uno de los miembros del Consejo (a los que tenéis que convencer de vuestra valía, para que hablen por vosotros en las reuniones). Hay un post que habla de cómo funciona el Consejo, os recomiendo releerlo, sobre todo si sois candidatos. En el post de orden de eventos, veréis para cuándo están programadas las reuniones obligatorias del Consejo, aunque puede haber más.

Los magos se pondrán la máscara cuando conjuren, pero si activan amuletos, no será siempre necesario.

He enseñado a jugar al Senet a: Javi, Teresa (Akesha), Irina (Merneith), Óscar (Hoskarteph), JD (Muheshy). Creo que no olvido a ninguno. Ellos os explicarán cómo va el juego de los dioses ;)

El combate será roleado.

En fin, me pongo melancólica porque esto se acaba. Un ciclo de 3 revs en la Antigüedad, muy duros de hacer y complejos de manejar. Espero que disfrutéis y que jamás olvidéis que por unos días estuvisteis con el destino del mundo en vuestras manos. No voy a decir mucho más.

Que los dioses nos protejan de las inclemencias del clima, pero si llueve, será indicativo de que la Maat está en peligro. Podremos contra los malos augurios, las maldiciones de Tut y la oscuridad de una noche con luna al 2%... ¡Go, go, go!

lunes, 2 de septiembre de 2013

La campaña de picado de cartuchos del año 4 de Akhenatón en Karnak.

La campaña de picado de cartuchos del año 4 de Akhenatón en Karnak.

Puñal de Tut.
El cuarto año de reinado de Amenhotep IV (también llamado Amenophis por el mundo heleno) fue clave en su reinado y redundó en todo Kemet, la Tierra Negra. Se produjo un cambio de inflexión radical en su política, la fundación y traslado a la nueva capital y el cambio de nombre del rey. Se volvió a esposar con su nuevo nombre de Atón, Akhenaton, con sus dos esposas Nefertiti y Kiya. Hetmuhery, gran mago de Amón, fue destinado a un puesto secundario en medio del desierto líbico y el sumo sacerdote de Amón en Karnak, pasó a ser Hem Neter, con el nuevo título de Sumo Sacerdote de Karnak. A partir de ese momento, el Atón brillaría con más fuerza que ningún otro poder celestial.
Pero lo que resultó más impactante al pueblo llano, la mayoría de personas que poblaban el estado egipcio, fue la campaña de borrado de cartuchos con los nombres de las deidades del panteón religioso en los templos, y ello ocurrió así...

Corría el año cuarto de Amenhotep, el rey del Alto y Bajo Egipto, señor de las Dos Tierras. Las gentes de Kemet se agolpaban a las puertas de los templos de Amón, Isis, Sekhmet, y el resto de dioses tradicionales. Eran los dioses que les protegían con un pacto ancestral, desde tiempos de la unificación, cuando los dioses caminaban por la Tierra Negra. Los sacerdotes hicieron las mejores ofrendas a sus dioses en los sanctasanctorum de cada uno de sus templos, en un intento de intervención divina para que el rey, Sumo Sacerdote del país, revocara la cruel orden. Pero nada pudo detener a los obreros destinados por el faraón. Iban protegidos con escoltas procedentes del norte, puesto que en la zona tebana del sur, nadie quiso enfrentarse al pueblo amante de Amón.
Otros puñales de la tumba de Tut.
BinSeth y un joven Horemheb habían aportado la mayor parte de soldados para que el picado de las piedras con los nombres sagrados transcurriera con normalidad. Pero eso no iba a ser fácil. Las mujeres se lamentaban a gritos, como en un funeral, y lanzaban ceniza sobre sus cabezas, arañaban su rostro o se estiraban del pelo. Los hombres tomaron las hoces de segar, las armas de cazar o piedras: cualquier cosa que tuvieran a mano para resistirse. Los niños cantaban las alabanzas a los dioses, aunque no entendían muy bien qué ocurría.
Cuando llegaron los primeros funcionarios reales, la gente bloqueó las puertas y los soldados les hicieron retroceder una y otra vez. Nadie podía entrar ni salir de los templos, que se defendían en una última resistencia ante la decisión real. Karnak ya sabía a lo que se enfrentaba, pues las noticias habían corrido más que el Nilo tumultuoso y, aunque los emisarios de la corte se dieron prisa en llegar a todos los templos, estaban preparados.
Los lamentos de la multitud dejaron sorprendidos a los soldados. No sabían cómo reaccionar. Los obreros que debían picar la piedra impelían a los guerreros a hacer algo, pero tenían órdenes directas de no dañar a nadie. Las horas pasaban y nadie se movía de las puertas del mayor templo de Egipto. Cuando alguno hacía amagos, los otros se plantaban firmes. El ocaso llegó y con él, la incertidumbre ante lo que pasaría el nuevo día. Fue una noche tensa, en la que nadie durmió. El grito de Amón, Amón, resonaba por el valle. Los soldados encendieron hogueras para poder vigilar bien a los aldeanos, venidos de todo el Hwt de Karnak y de más allá. Y así, llegó el amanecer.
Festival en el templo.
El Atón comenzó su gira diurna sobre el azul, pero nubes le tapaban la mirada. Amón no deseaba que tuviera el máximo poder y le bloqueaba como podía, decían los intérpretes del cielo. El general tenía que tomar una decisión. No podía dejar de cumplir la orden real, ni debía dañar a los ciudadanos, pero si no hacía algo, se prolongaría inútilmente la espera.
Unos pocos decían que cumplieran lo ordenado por el rey y se fueran, que el faraón era omnipotente en su sabiduría y haría esto por el bien del pueblo, pero pocos les escuchaban y al final de su discurso tuvieron que huir precipitadamente.
Al mediodía, cuando el Atón estaba en su cénit, el general decidió avanzar. Pensó que los devotos de Amón se apartarían al ver sus lanzas y los obreros podrían realizar su trabajo. Pero al poner su idea en práctica, todo se dio la vuelta. Los soldados fueron zarandeados por un pueblo que les superaba en muchas veces y vieron peligrar su vida y la de los obreros a los que protegían. Los egipcios no deseaban que llegaran hasta las puertas y destrozaran las creencias milenarias de su culto. Nadie iba a ceder, pero el general no se dio cuenta hasta que manchó su hoja de bronce con la cálida sangre de un resistente. Las primeras heridas desencadenaron una reacción contra los soldados, que fueron golpeados mil y una veces. El inexperto general ya no controlaba el destacamento. Cada uno era su capitán y lucharon por su vida. El reguero llegó hasta las puertas doradas y los jeroglíficos se mancillaron con la sangre de inocentes. El caos estaba entre ellos.
Ya nada pudo parar el desastre. Murieron muchos devotos, soldados y funcionarios. Cuando los sacerdotes vieron el desastre, se rindieron y abrieron las puertas, pero la tragedia ya era una realidad. La sangre llegó hasta el Nilo y los gritos de dolor por la muerte de las gentes retumbó hasta palacio. Nadie olvidará esos días.
Los funcionarios supervivientes picaron sin piedad los cartuchos en donde ponía los nombres de los antiguos dioses, incluso los plurales. Ya sólo se honraría a un dios: Atón. El resto, no eran más que creados por Él y no merecían tal honor, pues sólo eran sus tenues manifestaciones.
Apenas terminaron la impía tarea, los funcionarios reales tuvieron que marcharse en una barca que incautaron a unos humildes pescadores, puesto que la suya fue destrozada. Al llegar a palacio, dieron cuenta de todo al monarca en persona, que no entendía cómo su pueblo no le seguía como a otros reyes que hicieron cambios. El poder de Amón era grande y estaba muy arraigado en Tebas-Waset, la capital, la perla, el corazón de Kemet.
Sus allegados dijeron que ese día algo cambió en el rey. Se conmovió profundamente, pues no esperaba tal reacción popular y deseaba fervientemente el apoyo de su pueblo, pues el cambio estaba enfocado hacia su bien. Vistió el luto durante toda la siguiente estación, pero su decisión era inamovible.
En otros lugares no hubo tanta resistencia y esto es sólo un ejemplo de un hecho ocurrido hace ya veinte largos años.

Pero Karnak recuerda...




domingo, 10 de marzo de 2013

El poder de las palabras.


Este artículo está enfocado a los sacerdotes egipcios. También puede ser de utilidad para los médicos. Pero vamos, que si alguien más se anima a leerlo, perfecto.
El egipcio ama lo escrito. Esto es al final lo que registra el conocimiento. “Ama los libros como amas a tu madre”, se le recomienda a aquel que investiga la sabiduría. El mago no se contenta con leer: engulle los textos, coloca trozos de papiro en un cuenco, bebe el Verbo Mágico, ingiere las palabras portadoras de significado. Este extraordinario rito fue transmitido a las logias de constructores de catedrales.
El escrito mágico goza de una vida autónoma, ya que está escrito en jeroglíficos, signos portadores de poder. Los Textos de las pirámides, que comprenden numerosas fórmulas mágicas, ofrecen a este respecto un ejemplo muy significativo. Estos textos, inscritos sobre los muros interiores de las pirámides del Imperio Antiguo (V y VI dinastía), se presentan bajo la forma de columnas de jeroglíficos. 
Textos de la Pirámide de Pepi I (Sakkara).

Cada jeroglífico está considerado como un ser vivo, hasta el punto de que los animales peligrosos o impuros (por ejemplo, los leones, las serpientes-pero no el sagrado ureus real-) son cortados en dos o mutilados para que no hagan daño al rey muerto y resucitado. Incluso en la composición de los textos mágicos, se notan costumbres características, como el proceso enumerativo, que consiste en poner largas listas de enemigos vencidos o de partes del cuerpo del hombre identificado con las de los dioses. Se emplean también palabras incomprensibles, formadas por conjuntos de sonidos considerados eficaces: hay una mezcla de egipcio, de babilonio, de cretense y de otras lenguas extranjeras para desembocar en fórmula del estilo “abracadabra”. Estas curiosas desviaciones de la magia sagrada no deben hacernos olvidar el valor de la palabra. Leer en voz alta las fórmulas mágicas les confiere eficacia y realidad. La lengua jeroglífica está fundada en gran parte en un “alfabeto” sagrado que comprende cartas-madre (consonantes y semi-consonantes). Las vocales no se anotan. Son elementos perecederos, pasajeros, que dependen de una época y de un lugar. El “esqueleto de consonantes”, por el contrario, es el elemento inmortal de la lengua. Esta idea de un valor mágico del lenguaje se conservó durante mucho tiempo. En la época copta, un amuleto preservaba veinticuatro nombres mágicos, comenzando cada uno con una de las letras del alfabeto griego.
“Yo soy la Gran Palabra”, declara el faraón en Textos de las Pirámides 1100, indicando así que es capaz de dar vida a todas las cosas. Hay una palabra secreta en las tinieblas. Todo espíritu que le conozca escapará de la destrucción y vivirá entre los vivos. El viajero del más allá lo descubre y asume la magia que le permitirá manejar la vara de un dios venerable. Cualquiera que posea la fórmula será capaz de hacer su propia magia.
Magia egipcia: Sekhmet con la sagrada trenza y el ka .
Cuando los dioses hablen, anudarán la nada y abrirán el camino a las fuerzas de la vida. Es por ello que el mago respeta las palabras de los dioses, como las de Horus, que alejan la muerte, extinguen el fuego de los venenosos, devuelven el soplo de vida y arrancan al hombre de un destino maléfico. Palabras y fórmulas pronunciadas por el mago no son fruto del azar se inspiran en leyendas sagradas, acciones ocurridas en los tiempos divinos y que se repiten en el mundo de los hombres. Una fórmula mágica es eficaz en la medida en que se remonta a una remota antigüedad o, más exactamente, al origen de la vida. La fórmula de ofrenda por excelencia, peret kherou, significa “lo que sale por la voz” siendo el Verbo el único capaz de animar la materia. ¿No os suena un poco eso del Verbo se hizo hombre?
El título general de la fórmula mágica es “fórmula para…” convertirse, ser, tener poder sobre. Es preciso leerla, recitarla, enseñarla, comprenderla, grabarla, utilizarla como un auténtico instrumento espiritual y material. Repetir cuatro veces un texto mágico le otorga plena eficacia, pero es preciso también prestar atención al tono, al ritmo, a la salmodia.
Incluso las divinidades se ven obligadas a obedecer a las palabras de poder del mago: “¡Oh, dioses todos y diosas todas, volved vuestro rostro hacia mí! ¡Yo soy vuestro dueño, hijo de vuestro dueño! ¡Venid a mí y acompañadme…, yo soy vuestro padre! Yo soy vuestro compañero de Osiris, he recorrido el cielo en todos los sentidos, he hollado la tierra, he atravesado el mundo intermedio sobre los pasos de los venerables iluminados, ya que estoy equipado con innumerables fórmulas mágicas.”
Existe incluso una fórmula para protegerse de toda muerte, sea causada por la enfermedad, las bestias dañinas, el ahogamiento, una espina de pescado, un hueso de pájaro, el hambre, la sed, la agresión de los humanos o la de las divinidades. En efecto, es preciso luchar sin cesar contra las agresiones de lo invisible que se manifiestan de mil y una maneras. Así, el mago recita frecuentemente fórmulas complejas a fin de desechar el fatal final del que se ha asfixiado. La falta de aire parece haber sido una de las obsesiones de los egipcios para quienes la respiración era una de las manifestaciones más patentes de la vida. Por ello, en multitud de representaciones, se ve a los dioses con el Ankh (llave de la vida) tocando en la nariz a sus adoradores. Sabían que cuando alguien moría no respiraba y velaban por ello.
Ankh dador de vida y aliento.
La magia evita también al hombre justo ser comido por las serpientes. Para protegerle de forma eficaz, la mejor solución consiste en darle la apariencia de una serpiente que será a sí mismo capaz de tragarse a sus peligrosos congéneres.
Existe también una fórmula para la protección de la morada familiar y de sus elementos, la ventana, los cerrojos, el dormitorio, la cama… A cada lugar de la casa está destinada una divinidad protectora: un halcón hembra, Ptah, jefe de los artesanos, “aquel cuyo nombre está oculto”, y otros genios. Así, los enemigos no entrarán allí ni de día ni de noche.

La cosmogonía (explicación mítica de la creación del mundo) de Toth, dios de la palabra, es reflejo de la importancia del lenguaje y sobre todo, del escrito, muchas veces esculpido en la inmortal piedra. Los egiptólogos afirman que es posible saber cuándo un rey necesitaba reafirmar su poder por cualquier motivo, ya que las inscripciones en piedra son más profundas, más eternas. Yo misma tengo una foto con mi mano dentro de un "bajorrelieve" en un templo de una de estas convulsas épocas.

miércoles, 16 de enero de 2013

El poder del nombre.


El poder del nombre.
El nombre (Ren) para los egipcios era parte del propio ser y tenía grandes poderes sobre la persona si se conocía. Según la mitología menfita de Toth, este dios creador (taumaturgo) hizo la humanidad con el poder de la palabra. Este poder era tan grande, que todos en Egipto escondían su verdadero nombre del resto. El faraón, que llevaba hasta 5 titulaturas o nombres reales, se hacía envolver el nombre en cartuchos o lazos mágicos cuando inscribían ese poderoso epíteto en los bajorrelieves de los templos o en tablillas y papiros. Los cartuchos, empleados en la escritura jeroglífica, son la representación esquemática de una cuerda que rodea el nombre escrito dentro de él protegiéndolo para la eternidad.



1) Serej o Nombre de Horus; 2) Nebti o de Las Dos Señoras; 3) Hor Nub u Horus de Oro; 4) Nesut Biti y 5) Sa Ra. Ejemplo de las 5 titulaturas que podía ostentar el rey (no todas necesariamente).

El resto de humanos lo que hacían era apodarse o disminuir su nombre, para que nadie conociera su verdadero nombre y pudiera hacerles daño.
La forma de hacer más daño a alguien era destruir su recuerdo, para ello se destruía cualquier lugar en donde se le nombrara o representara. Hatshepsut, la reina faraón fue afectada por este terrible castigo denominado “damnatio memoriae” (destrucción de la memoria) por los romanos. Era la peor de las muertes, la definitiva, el olvido.
Akhenatón también lo usó en su reforma religiosa, para remarcar su poder ante los tebanos y sus dioses. El signo jeroglífico que servía para designar a «los dioses» en plural es suprimido de las inscripciones, puesto que se halla en contradicción con la noción de un dios único. Los escultores dejaron intactos en muchas regiones y muchas aldeas los nombres de las antiguas divinidades. Akhenaton no era tan ingenuo para creer que les daría tiempo a recorrer todo Egipto. Sencillamente, consideraba importante intervenir en algunos puntos neurálgicos. El faraón sabía muy bien que no destruiría a Amón. No devastó su sede sagrada, Karnak. Quiso que, durante el periodo de reinado que le había sido concedido, la influencia del dios de Tebas permaneciese oculta, a fin de acrecentar así la de Atón. Akenatón y Nefertiti se proclamaron dioses vivientes; solamente adorando a la pareja real, la gente podía tener acceso a Atón.

Por el contrario, cuando se moría, convenía anotar el nombre para que siguiera viva el alma y que los que leyeran el texto, revivieran su nombre y por tanto, su memoria y su vida en los Campos de Aaru, una especie de paraíso tras la muerte del cuerpo terrenal. El soporte preferido era la piedra, por su connotación de duración y eternidad.
No era de extrañar el encontrarse lápidas con textos como este: “Vivos que estáis en la tierra y pasáis junto a este sepulcro, que amáis la vida y odiais la muerte, pronunciad mi nombre para que yo viva, pronunciad en mi favor la fórmula de ofrenda”.
Esta costumbre se continuó después y los romanos colocaban sus ricos mausoleos al lado de las vías y entradas a la Urbe, para que todos los que entraran y salieran leyeran estos buenos deseos.
El Ren era un nombre único para cada persona que permitía que el hombre perdurara; se creía que éste no moría del todo mientras su Ren fuese pronunciado, es decir, mientras el nombre del difunto no fuera olvidado por completo. Esto explica por qué los faraones y otros personajes influyentes hacían enormes esfuerzos en preservar su nombre, inscribiéndolo una y otra vez en los monumentos que construían, en tumbas, en documentos, etc., y explica también por qué la damnatio memoriae era un castigo tan severo para ellos. POr poner un paralelismo friki, era como la muerte definitiva para un vampiro.
El conocimiento del nombre es el verdadero conocimiento. Pronunciar el nombre es construir una imagen espiritual, revelar la esencia del ser. Nombrándolo, creamos, como hizo Thot en su momento. Al conocer los verdaderos nombres, que están ocultos al profano, experimentamos su dominio.
Lo más grave para un ser es ver destruido su nombre. También la magia toma todo tipo de precauciones para que el nombre dure eternamente. Los elementos del nombre: las letras que lo componen son sonidos portadores de energía. Cuando el mago habla de forma ritual, utiliza esos sonidos como una materia animada, actúa sobre el mundo exterior, lo modifica si es preciso.
También se podía usar para dañar: el inscribir su nombre secreto en una figurilla que lo represente y destruirla, pisoteándola, rompiéndola y/o quemándola era un hecho relativamente común y se hacía con carácter ritual. Un ejemplo típico de esta práctica a nivel institucional era lo que se realizaba con los “9 Arcos”, los enemigos del estado. Se han hallado en yacimientos egipcios representaciones o denominaciones de estos pueblos (que iban cambiando según la época, aunque manteniendo el número mágico 9 igual) destruidas ex profeso.
Cada ser –incluidas las divinidades- posee un nombre secreto. Ciertos nombres secretos son revelados por los textos en el transcurso de curiosos episodios. Así, Horus navegaba en una barca de oro en compañía de su hermano. Este último fue mordido por una serpiente. Le pidió a Horus que le socorriese. El dios dijo: “Revélame tu nombre”. Solo con esta condición, Horus médico haría venir al gran dios con objeto de iniciar el proceso de curación. En estas condiciones, su hermano está obligado a ceder. Confiesa: “Yo soy el ayer, el hoy y el mañana”, “yo soy un hombre de un millón de codos, cuya naturaleza es desconocida”, “yo soy un gigante”… Horus escucha esta letanía, pero permanece escéptico. El verdadero nombre no figura entre aquellos. El otro cede. Por fin se sincera y le da su nombre secreto: “El día en que una mujer encinta puso un hijo en el mundo”. Horus pronuncia entonces la fórmula de curación. Sin duda hay que ver en este relato una ilustración simbólica de lo andrógino, de ese ser hombre-mujer que existía en el alba de los tiempos, antes de la separación del espíritu en “hombre” y “mujer” y que retoman los griegos en su mitología.
El ejemplo más célebre de la búsqueda del nombre secreto se nos ofrece con la leyenda de Isis y Ra. La diosa tenía por fuerza que descubrir el verdadero nombre del dios Luz. Solo existe un arma eficaz para conseguir sus fines: la magia. Como Ra tenía ya mucha edad, su saliva caía sobre el suelo. Isis utilizó este valioso material. Lo modeló con su mano, con ayuda de la tierra que se adhería a él. De esta masa hizo una serpiente, que situó en el camino por donde Ra pasaba. Mal protegido por su séquito, el dios sol fue picado por el reptil. Muy sorprendido, Ra lanzó un grito que llegó hasta el cielo. “¿Qué sucede?”, se extraña el señor de la luz. Tiembla, balbucea. El veneno circula por sus venas, se adueña de su cuerpo. Apela a los dioses. Que vengan a su lado, ellos que han nacido de su ser. Ra explica que ha sido picado por una criatura dañina. No la ha visto, no la conoce. No ha sido creada por él. Escapa a su control. Ra sufre atrozmente. Nunca había sentido un dolor parecido. Pronuncia palabras que cada mago repetirá cuando se identifique con el dios: “Yo soy un Grande, hijo de un grande, soy una simiente que ha nacido de un dios. Soy un gran mago, hijo de un gran mago… Tengo muchos nombres y muchas formas, mi forma está en cada dios.”
Ra se desahoga. Su padre y su madre le han ofrecido un nombre que ha permanecido secreto, en lo más profundo de sí mismo. Es por eso que ningún mago, ninguna maga, tiene poder sobre él.
Una diosa era famosa por sus cualidades mágicas excepcionales y su capacidad de otorgar el soplo de vida, reanimando al que ya no respiraba: Isis. Esta vino y preguntó a Ra: “¿Qué sucede? ¿Qué significa esto?” Se ha comprobado que una serpiente ha mordido a Ra. Ella conjuró, pues, al veneno con un encantamiento apropiado. Isis se acerca a él. Felina, murmura: “¡Dime tu nombre, divino padre!”. Ella lo necesita, en efecto, para formular la conjuración que permitirá a Ra permanecer con vida. El dios responde: “Yo soy aquel que hizo el cielo y la tierra, encadenó las montañas y creó lo que está arriba”. Añade que ha puesto en el mundo los elementos, los horizontes, ha colocado a las divinidades en el cielo. Cuando él abrió los ojos, nació la luz. Cuando los cierra, se forman las tinieblas. El genera el fuego, los días, los años, las flores. Pero su nombre sigue siendo desconocido. Se sabe que se llama Khepri por la mañana, Ra a mediodía, Atum por la tarde… Pero esto no basta para detener el veneno. El gran dios no ha sido curado. Isis le confirma: “¡Tu nombre secreto no está entre los que me has dicho! Confiésamelo y el veneno saldrá.” El estado de Ra se deteriora cada vez más. “Acerca tu oído, hija mía, dice a Isis, para que mi nombre pase de mi pecho al tuyo”.
Ra revela pues, su nombre secreto a Isis. Desgraciadamente, el oído de los hermanos no era lo bastante fino para percibir las palabras pronunciadas por el dios. Solo la diosa conoció la confidencia. Para conocer el secreto, para entender la palabra perdida, hay que ser iniciado en los misterios.
Pero el “verdadero nombre” de los dioses no es pronunciado jamás ante profanos. De vez en cuando, se da la sensación de revelarlo recitando una sucesión de sonidos incomprensibles que no significan nada. Los iniciados de la Casa de la Vida desalentaban de este modo a los curiosos que deseaban adquirir poderes personales y no descifrar el sentido profundo de los jeroglíficos.
Cada ser humano siente la misión de buscar y conocer el nombre secreto que le fue confiado en el momento de su nacimiento y del que debe hacerse digno. Pasar victoriosamente la prueba de la muerte es hacer que este nombre perdure como el de Osiris. La importancia de un nombre es tal que está sujeto a culpa, como valor sagrado, por los tribunales. Por eso se cambia el nombre de los criminales culpables de haber violado un lugar santo o de haber intentado edificar una morada más elevada que la de los dioses. Primer grado de castigo: excluir del nombre del acusado el del dios que podría ser mencionado con él. En el reino de los muertos hay que recordar ante todo el propio nombre.